Impresiones de la India.

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Hoy Cristina Monzón nos trae este artículo personal y emotivo sobre sus impresiones de la India.

Impresiones de la India

Ya me lo habían advertido: la amaría o la odiaría sin término medio. Y fue amor a simple vista, o al menos eso creí, cuando aterricé en Nueva Delhi.

India en estado puro

Sin embargo, esa eterna cola que parecía una inerte piel de serpiente enroscada me estaba sacando de quicio. ¡Y el calor!, no como el del mediterráneo que suele venir acompañado de brisa, sino contundente y pegajoso… hasta las moscas podían beber en mi piel. Por último, ese olor entre viejuno y rancio, que ni mi pañuelo rociado con Agua de Rosas de Adolfo Domínguez conseguía disipar.

Quizás me había precipitado en mis afectos, como solía hacer desde la adolescencia. Tal vez la India no tan fuera exótica y espiritual como había soñado, sino decrépita y comercial como mi amiga Mónica defendía, tras pasar seis meses en un Ashram.
La cola del tren con destino a Benarés, Vanarasi como ellos la llamaban, estaba formada por una treintena de almas. «No tantas», pensé desde mi mente cartesiana.

Eran las nueve menos cuarto de la mañana y sin embargo en la estación había un bullicio burbujeante más propio del ecuador que del inicio del día; viajeros en tránsito portaban sobre la cabeza jaulas con gallinas y fardos repletos de mercancías para vender en el mercado y se mezclaban con viajeros trotamundos con mochilas preñadas de ropa estilo Coronel Tapioca y pulcros oficinistas de planchadas camisas.

Impresiones de la India

Estaciones de trenes – Impresiones de la India

Namasté, ¿el último? ―pregunté en un inglés que trataba de sonar a colonial. Un abuelo con mostachos de Maharajá y extraña joroba bicéfala, levantó la mano. Pasé diez minutos detrás de la joroba y su enjuto propietario. La cola no se movió ni un milímetro.
Decidí cargarme de paciencia y entretenerme observando los cuadros costumbristas que me rodeaban.
El primer tableau vivant en que me detuve fue el del avispado vendedor de chai, que vestía de blanco, excepto la cabeza cubierta con un exótico turbante naranja

Chai, chai, chai…  Era la cantinela que salía disparada de su boca como una metralleta. Cada dos minutos pasaba por mi lado ofreciéndome un té mezclado con cardamomo, leche, clavo, anís estrellado, pimienta negra, jengibre, comino y canela. ―La bebida nacional de la India ―me dijo sonriente, mientras me lo servía en un pequeño vaso de café. Suficiente, pensé, después de dar dos sorbos pues me pareció excesivamente dulce.

Una raquítica vaca mordisqueaba con gula un periódico y se ponía al día lamiendo los titulares. Los viajeros la esquivaban, acostumbrados, como si fuera parte del mobiliario urbano. Unos niños con uniforme escolar se acercaron a pedirme unas rupias. Seguramente les debía parecer exótica o una pieza fácil a quien esquilmar. Rebusqué en mi mochila y encontré unos caramelos blandos, que el calor había dejado casi espachurrados, y unas monedas sueltas, que aceptaron entre algarabía y risas.

India, la amas o la odias – Impresiones de la India

La cola seguía inerte. El aire de la mañana era cada vez más pesado, igual que las moscas, que empezaban a resultarme insoportables. Si lo hubiera sabido, hubiera reservado on line o a través de una agencia, pensé, mientras me daba golpecitos en los riñones para aliviar el dolor de espalda. Me paré a observar la siguiente escena: el retrato de una familia acomodada, o eso deduje al ver la cascada de lorzas que rebosaba sobre el sari de la matrona, que repartía chapati entre sus vástagos: un trocito para ti, otro para ti y dos para mí; mientras que el padre, ajeno, leía el diario con el mismo interés con que la vaca chupaba el propio.

Cambié el peso a la otra pierna. El funcionario de la ventanilla 2, la única abierta, dijo finalmente «next», así que la fila avanzó una baldosa.
Me dieron ganas ir al baño. Le pedí al señor de la doble joroba que me guardara el turno.
Si lo llego a saber no me bebo el chai. El aroma a cloaca hacía innecesarios los carteles anunciadores del baño, que consistían en un oscuro averno en cuyo interior me negué a mirar. ¡Benditas toallitas que había comprado en España!

Solamente esperaba subir al tren lo antes posible – Impresiones de la India

Volví a la cola con la esperanza de que hubiera avanzado al menos cuatro baldosas, sin embargo habían sido solo dos.
Miré el reloj. Ya eran las diez y media pasadas y seguíamos varados en una cola anestesiada. El mundo giraba con una lentitud pasmosa que aparentemente solo me exasperaba a mí.
«Me tengo que acostumbrar al ritmo de India, me tengo que acostumbrar…», repetí a vuelta de mala, el rosario hindú que giraba entre mis dedos en un intento infructuoso por calmarme.
Mi ego europeo reclamaba acción y eficiencia. Quería montarme de una vez en el puñetero tren, que me llevará a Benarés, donde a orillas del Ganges, meditaría horas y horas hasta encontrar la iluminación que había venido a buscar.
«¡Menuda ineptitud!, como se nota que estamos en el tercer mundo», pensé con la soberbia de quien ha nacido en el primero.
Transcurrieron otros quince minutos sin que nada aconteciera.
Mis nervios estaban a flor de piel.
Entonces reparé en un desaliñado sadhu, que meditaba en un rincón de la estación. Tenía largas barbas que le rozaban casi el ombligo, pelo enmarañado con rastas y tres rayas, blancas y rojas, pintadas sobre su frente. Se encontraba prácticamente desnudo, salvo por un dhoti que le cubría sus partes pudendas. Sin embargo, su cara reflejaba una envidiable paz.
Recordé entonces las palabras de mi maestro de yoga, que, aunque era de Reus, había sido investido swami en Benarés: Ahimsa, no violencia, ni contra uno mismo ni contra el prójimo.
Respiré hondo varias veces. Quizás fuera una prueba. Intenté entonces parar el flujo de pensamientos erráticos y fluir con la cola, la vaca , las moscas y el vendedor de chai que me tiraba de la manga para endosarme otra taza: «chai, chai, chai…».
Me concentré en Brahma-Vishnu-Shiva, la versión hindú de Padre, Hijo y Espíritu Santo, retrayendo los sentidos hacia mi interior. Y poco a poco, me fui destensando hasta conseguir que una sonrisa santurrona quedara estampada en mi cara. Yo era amor, la vaca era amor, el funcionario era amor, la India era amor….
Entonces el funcionario hizo un repentino anuncio:
―Último cliente de la mañana. Pausa para almorzar.
No lo podía creer, había pasado cuatro horas de pie esperando mi turno. Me encontraba a tan solo una baldosa de la tierra prometida y ese funcionario infame, legítimo heredero de la burocracia inglesa, me dejaba colgada sin contemplaciones.
Entonces todo el mindfulness se fue al carajo y empecé a soltar improperios que cualquier camionero atascado en la Junquera hubiera sido incapaz de repetir.
El funcionario seguía impertérrito. También había heredado la flema británica.
El calor y las moscas aprovecharon mi ira para atacarme con más inquina.
Cuando creí que me iba a dar un ataque de apoplejía, ocurrió una de esas sorpresas mágicas que te reserva la India: el Maharajá de la difícil joroba me regaló una sonrisa desdentada y su privilegiado puesto en la cola.
A las 16’00h, ¡por fin!, cogí el tren destino a Benarés.
¡No conseguí iluminarme a orillas del Ganges!

Sin inspiración en Benarés – Impresiones de la India

GLOSARIO

  • Chapati: un tipo de pan plano indio hecho a base de harina integral, agua y sal.
  • Sadhu: asceta hindú o monje que sigue el camino de la austeridad para obtener la iluminación.
  • Swami: gurú o maestro espiritual
  • Dhoti: es la prenda de ropa típica para los hombres en India. Consiste en una pieza rectangular de algodón que puede llegar a medir 5 metros de largo por 1,20 de ancho. Generalmente de color blanco o crema, se enrolla alrededor de la cintura y se une pasándolo por el medio de las piernas, fijándose finalmente en la cintura. Se forma así unos pantalones ligeros ideales para el clima cálido del subcontinente.
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