Perderse en Nueva York. Jamás pensarías que podría ocurrirte todo esto. [Experiencia real] - Vero4Travel

Perderse en Nueva York. Jamás pensarías que podría ocurrirte todo esto. [Experiencia real]

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Si piensas que perderse en Nueva York puede ser estresante o caótico, dale la vuelta a la tortilla y lee la experiencia real que le ocurrió a nuestra redactora Cristina Monzón. Viajando puedes vivir experiencias increíbles y tomarte la vida con tanto humor y positivismo, es clave para llevar un estilo de vida saludable.

Perderse en NY es una expresión que puede interpretarse desde un punto de vista literal o metafórico.
Ya adelanto que estas líneas se refieren al hecho puro y duro de extraviarse, desviarse o confundirse, sin ningún otro tipo de imagen o licencia poética. O sea, perderse sin más.

Explican los científicos que las mujeres en general tienen menos desarrollada la capacidad espacial que los hombres. Dicen que se trata de una reminiscencia de edades prehistóricas cuando los hombres se desplazaban jornadas enteras en busca de caza mientras que las mujeres recolectaban frutos por los alrededores de la caverna, a la vez que cuidaban del bienestar de los ancianos y niños del clan.

Yo debí ser una recolectora de cortas distancias, de esas que cosechaban moras y arándanos a metro y medio de la cueva, ya que mi cerebro no guarda ningún tipo memoria geográfica. En resumidas cuentas que tengo una asombrosa capacidad para perderme.

Esta afirmación me ha torturado durante años, sobre todo por los comentarios irónicos de casi todos mis ex, con frases del estilo de: venga, palomita mensajera, dime si hay que tirar a la derecha o izquierda. Todo para descojonarse porque si yo decía derecha, irremediablemente era izquierda.
(No me parece nada justo; puestos a ser bordes yo también podría haber hecho un examen sorpresa en mitad de un partido de liga Valencia-Barça, con psicotécnico de tercer grado sobre en que momento se encuentra nuestra relación, pidiendo al mismo tiempo que me abriera un bote de espárragos. Te aseguro que ninguno de ellos, hubiera aprobado. Lo siento queridos, nosotros no tenemos orientación pero vuestro cerebro es completamente uni-funcional)

Pero como ahora estoy enchufada a la energía de NY y me encuentro en un momento de Big Bang expansivo, he resuelto dejar de percibir mi nula capacidad de orientación como una carencia o defecto y por el contrario sacarle el mayor de los provechos.

¿Qué tiene de bueno perderse en Nueva York?

En realidad, muchas cosas. Por ejemplo te da la oportunidad de: conocer un mismo escenario desde distintas perspectivas.

Es un topicazo afirmar que Nueva York está diseñada a escuadra y cartabón, que las calles cruzan las Avenidas de Este a Oeste y que solo es cuestión de jugar a los barquitos: 5ª Av con la 57 st, hundido.
Pues no señores, no es tan fácil como parece.
Todo por culpa de una calle de fundamental importancia llamada Houston (pronúnciese “Jauston”, si quieres que te entiendan). Por encima de Houston reina la lógica, el orden y la numeración consecutiva de calles. Pero por debajo de la línea Houston, todo es un caos.

Vista aerea Nueva York

Vista aerea Nueva York

Yo decidí explorar la zona más al sur de la frontera Houston, el Downtown, en un lluvioso día de Abril, con un paraguas en una mano y un manoseado mapa en la otra. «Arrivo» a la Zona Zero y se me ponen los pelos de punta al recordar las imágenes dantescas de la tele e imaginarme las escenas de dolor y miedo que se debieron vivir. Como gran dramática que soy, me emociono, me conmuevo y hasta se me escapa una lágrima que mezclada con la lluvia pasa desapercibida. Sigo visitando el distrito financiero pero como hace tan malo, decido volver rapidito a casa para manta y peli, porque no hace día de otra cosa.

Y es entonces cuado “Volver rapidito a Casa” se convierte en una aventura. Cojo el mapa, lo giro 5 veces a la derecha y las mismas o más a la izquierda, me oriento espacialmente sobre el pedazo de papel e inicio mi retorno. Ando, ando, ando, ando …. Y cuando ya creo que estoy llegando al ordenado territorio del Norte de Houston (pronúnciese Jauston), me vuelvo a encontrar de sopetón e inesperadamente en la Zona Zero.

Esta segunda vez, todavía me emociono aunque ya no se me pone la carne de gallina ni derramo lágrimas. Cuando aparezco por tercera vez a la susodicha zonita, tengo los ojos secos y fuera de las órbitas. ¿Pero como es posible?. Este mapa está mal. Me digo en voz alta: don’t panic, que es expresión inglesa para “tranquila, no te pongas a parir”, porque noto como pequeñas compulsiones nerviosas recorren mi cuerpo.

Sigo andando y acabo en una circunvalación periférica. Aquí no hay ni un mal viandante solo coches a toda velocidad, tzum, tzum, tzum. Me cruzo con un poli a caballo. Me pregunta si me he perdido. Muy digna le contesto que para nada y sigo andando con la cabeza alta. A eso se le llama gallardía española.
Sigue lloviendo y veo pasar varios taxis libres. No me da la gana cogerlos. Esto se ha convertido en un desafío: tengo que llegar a casa sola y andando.

Por cuarta vez desemboco en la Zona Zero. En este delicado instante ya no me queda ni una gota de compasión por los pobres damnificados del 11-S. Estoy que trino.  Sigo andando, pero ya completamente desilusionada con el mapa, opto por preguntar a un chico: Please Houston (pronunciado jauston para que me entienda). Me contesta: To the North y se queda tan ancho. ¿Pero tu te crees que si yo supiera donde está el norte te hubiera parado, so bobo?, ¿Qué quieres que me ponga a mirar donde crece el musgo o que busque la estrella polar?. Al darse cuenta de mi cara descompuesta, me señala con el dedo hacia delante. Gracias darling.

Creo que ahora me estoy adentrando en Chinatown, lo se por la cantidad de chinos que veo, no porque me haya reconciliado con el mapita de marras, que por cierto llevo hecho un gurruño porque se ha mojado y ya no puede doblarse por los pliegues de serie.

Segunda ventaja de perderse en Nueva York.

En este momento hago un alto en el relato para citar la segunda ventaja de perderse en NY:

Aceptar con agrado los regalos que el Universo va poniendo en tu camino.

A estas alturas de ir y venir por el Downtown, he hecho más kilómetros que en el Camino de Santiago y tengo los pies rotos. A paso de peregrina reventada, me voy adentrando en Chinatown y encontrando con un montón de locales de masaje tradicional chino. Todos tienen un cartel parecido: masaje de pies y espalda, 30 minutos, 20€. Justo lo que necesito.

Me dejo llevar por mi intuición y accedo por unas empinadas escaleras a uno de ellos que se encuentra ubicado en un sótano,. La estética del garito deja mucho que desear. Me recibe un tímido chino, que yo bautizo instantáneamente como “Pequeño Saltamontes”. Es delgado y barbilampiño. No habla casi inglés, pero tiene una inteligente mirada de zorro que corroboro ipso facto porque cuando pronuncio la palabra masaje, me coge del brazo y me arrastra al interior sin darme opción a pensármelo dos veces.

Ay madre, a ver donde me he metido. Intento detener mi mente, que ya ha redactado varios titulares de prensa sensacionalista, desde “Trata de blancas de mujeres de mediana edad”, hasta “Mafia china camuflada en negocios de salud”.

El chino me hace gestos para que me cambie de ropa. Me viene bien que no hable inglés así no tengo que aguantar cháchara innecesaria, pues no estoy de humor. Pequeño Saltamones parece estar dotado con un poder telepático porque intuye perfectamente lo que me duele, donde y como tiene que apretar. Me encuentra con facilidad pasmosa todas las contracturas tensionales, que dada la mañana perruna que he tenido, proliferan en mi espalda como setas de otoño. Es todo un profesional.
He contratado un masaje de 30’ pero cuando termina la espalda, le pido que siga con los pies porque siento los juanetes palpitar como a punto de un choque anafiláctico.

Yo de vez en cuando me quejo con un leve UFFFF, él capta el mensaje y presiona más fuerte, luego cuando yo emito algo parecido a AHHH, él afloja. Que gusto poder comunicarse con este lenguaje sin fronteras, casi onomatopéyico.

Cuando terminamos me intenta explicar no se que, en un inglés mandarín o cantonés. No le pillo nada. Llama a la novia que pronuncia muchísimo mejor y que investimos inmediatamente como interprete del grupo. La conclusión es que si quiero tener la espalda sin dolol tengo que dolmil en el suelo, sin colchón. Lo que me faltaba. Me quedo aturdida con la noticia. Los chinos aprovechan mi estado de confusión, se confabulan contra mi, me hablan a la vez, me aturden, me tocan la espalda, me preguntan, me lían, me aturullan…. Al final de la jugada, contrato otro masaje para la próxima semana.

Como el masaje del Pequeño Saltamontes me ha rebiscolado decido quedarme a comer en Chinatown. Entro en el primer restaurante que me encuentro. No estoy para caminatas. Cuando ya estoy sentada, me doy cuenta que soy la única occidental. Me siento exótica y pongo cara de interesante.
El camero me da la carta. Pido sopa agripicante. Está buena pero la falta sal. Le tiro un poco. No lo noto. Le pongo más. Nada. A la tercera vez, el camarero huevón que lleva un rato sonriendo en la esquina, viene a decirme que me estoy echando azúcar. Si es que lo tenéis todo escrito con ideogramas, un poquito de globalización no vendría mal ¿digo yo?.
Me como la ex sopa agripicante ahora convertida en sopa dulcepicante, porque el camarero no ha hecho el mínimo ademán de cambiarla.

Salgo del restaurante y me encuentro con un salón de belleza. Entro a preguntar, más por curiosidad que por otra cosa y de nuevo, sin darme cuente, ya me han tumbado en una camilla para un tratamiento facial. Estos chinos no habrán estudiado un MBA pero tienen el marketing más agresivo y eficaz que visto en mi vida. Una vez dentro del negocio, estas perdido.

El salón de belleza es bastante peculiar; una sala común con varias camillas colocadas en fila. De fondo suena un hilo musical con los Top Ten clásicos de ascensor.

La esteticien china me empieza a poner cremas y mascarillas y yo me voy quedando relajada, relajada.
Seguidamente me envuelve la cara con papel film de cocina. Siempre hay una primera vez para todo.
Paulatinamente voy entrado en un estado de modorra profunda. De repente sobre el hilo musical destacan dos sonidos graves. Las dos chinas de mi lado se han dormido y roncan de lo lindo. La esteticien empieza a masajearme cara y cuello. En algún momento paso de la modorra al letargo. Intuyo que ahora son 3 los ronquidos que sobresalen sobre el hilo musical.

Cuando me despierto, la china me ha quitado el film de la cara y me ha puesto un espejo delante. La verdad es que la piel ha quedado muy muy bien. Cometo la imprudencia de decir MUY BIEN dos veces y en voz alta. La china se agarra, como naufrago a una madera, a esta declaración y me intenta vender un pack de 10 tratamientos. Le digo que no, que no me hacen falta. La china que si, que tengo la piel deshidratada. Que no me hace falta. Que si, que no, que si, que no … estoy agotada. Tras varios minutos de regateo, acabo comprando un bono de 5 tratamientos. Como un corredor de maratón al que le quedan 200 metros para llegar a la meta, saco fuerzas de no se donde y salgo disparada de Chinatown porque ya no me fío de lo que estos chinos marketeros me pueden vender.

Tercer buen motivo para perderse en Nueva York.

Por último quiero enumerar el tercer buen motivo, y no por ello menos importante, para perderte en NY:

Abrirse al campo infinito de las soluciones creativas disfrutando de experiencias no convencionales.

El día de mi primer examen de inglés, con mis deberes hechos y la lección estudiada, vuelvo a confundir el Este con el Oeste.
Esta vez más avispada porque he aprendido que el mapa no es el territorio, hago caso omiso del mismo y directamente paro a un transeúnte que me indica que estoy a 20’ de la academia. No llego a tiempo ni de coña. ¿Que hago?. Vamos guapa, piensa, piensa, que tú eres creativa. No hay ni un mal taxi por la zona pero de repente diviso a un pizzero repartidor de esos que llevan bici con carrito detrás, estilo rickshaw occidental. No me corto un duro y me abalanzo sobre él. Le cuento el rollo y va y me dice que si, que me acerca a la academia sino me importa viajar con su padre, que coincidentemente esta de vacaciones en Nueva York. Que me va a importar, será un placer conocer a papito.

Papito, es mexicano y debe pesar 150 kg. Papito sube al rickshaw y se desparrama ocupando la mitad de la zona del asiento que por justicia equitativa me correspondería. Yo me quedo en precario equilibrio, apoyada en una sola nalga y con 3 cajas de pizza encima.
Papito me da conversa, que cuanto tiempo llevo en NY, que si me gusta …..yo contesto a trompicones porque tengo el tórax comprimido. Michael, que así se llama el pizzero ciclista, no para de pedalear y mirar hacia atrás, girando la cabeza como la niña del exorcista. Le pido que mire calzada, no vaya a ser que nos caigamos. El pobre resopla, no me extraña: 150kg del papito + mis 50kg hacen un total de 200kg.
Menos mal que Michael tiene buenas piernas. Su español es otra cosa. Papito le riñe. Ay que ver mijo con lo bien que tu hablabas de niño y estás hecho todo un gringo.
Michael se ríe y me dice con su media lengua de trapo que este verano quiere ir a Ibiza, que si yo creo que él podría hacer allí lo mismo. No se que decirte Michael, lo del Rickshaw en Pacha …. Michael me escucha atentamente, pero se despista de la calzada y casi nos comemos un taxi. ¡Que ya te he dicho que mires hacia delante, coñi!

Papito con el frenazo se ha desparramado completamente sobre mi escueto trozo de asiento. Ahora estoy solamente apoyada en un cuarto de nalga, con las pizzas en lo alto en una especie de performance tributo a la Estatua de la Libertad.

Por fin llego a mi academia de inglés, sana y salva. Las pizzas también. Gracias Michael, gracias papito. ¿Os puedo dar algo? La propina que Usted quiera, señorita. Meto la mano en el monedero y me doy cuenta que solo llevo un billete de 20$. Que le vamos a hacer, es de bien nacido ser agradecido. Le doy los 20$, que es 3 veces lo que me hubiera costado un taxi.

Pero como estamos la tierra de los happy endings y además me encuentro en fase de big bang expansivo, solo quiero destacar lo positivo de los acontecimientos sucedidos: he visto 4 veces la Zona Zero, me he regalado un masaje y tratamiento facial y he llegado a tiempo a mi examen de inglés.

Estarás de acuerdo conmigo en que perderse en Nueva York tiene también sus ventajas.

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Fotografías propiedad de Shutterstock.



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